BIBLIOTECA ESOTERICA : TRATADO I Lo que son el espíritu y el alma.


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domingo, 11 de septiembre de 2011

TRATADO I Lo que son el espíritu y el alma.

Hay dos especies de naturaleza: la de Adán y la que no le pertenece. La primera es palpable,
objetivable, por estar formada de tierra. La segunda no es ni palpable ni visible, porque es
sutil, porque no está formada de tierra. La naturaleza de Adán es compuesta; el hombre
que es de esta naturaleza no puede pasar a través de los muros si en ellos no existe una
abertura. Para los seres de la otra naturaleza los muros no existen, penetran a través de los
obstáculos más densos sin tener necesidad de deteriorarlos. Por último, existe una tercera
naturaleza que participa de las dos.

A la primera naturaleza pertenece el hombre, que está formado de sangre, carne, huesos,
que se reproduce, bebe, evacua, habla; a la segunda pertenecen los espíritus, que no pueden
hacer nada de esto. A la tercera pertenecen los seres que son ligeros, como los espíritus, y
que engendran como el hombre, poseen su aspecto y su régimen.

Esta última naturaleza participa a la vez de la del hombre y de la del espíritu, sin llegar a
constituir ni una ni otra de dichas naturalezas. Efectivamente, los seres que pertenecen a esta

categoría no podrían ser clasificados entre los hombres, puesto que vuelan de la misma

forma que lo hacen los espíritus; no podrían tampoco clasificarse entre los espíritus, puesto
que evacuan, beben, tienen carne y huesos, de la misma forma que los hombres. El hombre
tiene un alma, el espíritu no la necesita; las criaturas en cuestión no tienen alma y, por lo
tanto, no son semejantes a los espíritus; estos últimos no mueren nunca, pero aquellos sí
mueren. ¿Estas criaturas que mueren y tienen alma, son acaso animales? No son animales,
efectivamente, hablan y nada de cuanto hacen pueden
realizarlo los animales. En consecuencia, se parecen más a los hombres que a los animales.
Pero se asemejan a los hombres sin llegar a ser seres humanos, de forma parecida a como
un mono se parece por sus gestos y su industria, y el cerdo por su anatomía, sin dejar por ello
de ser un mono o un cerdo. Se puede decir también que son superiores a los hombres por ser
impalpables como los espíritus; pero, conviene añadir que el Cristo, habiendo nacido y muerto
para rescatar a los seres dotados de alma y que descienden de Adán, no ha rescatado a
estas criaturas, que no poseen alma y no descienden de Adán.


Nadie puede asombrarse o dudar de su existencia. Es preciso solamente sentir admiración
por la inmensa variedad que ha dado Dios a sus obras. Es verdad que no se ve todos los días
a estos seres, no siendo posible verlos más que muy raramente. Yo mismo no los he visto si
no era en una especie de ensueño. Pero no se puede sondar la profunda sabiduría de Dios,
ni apreciar sus tesoros, ni conocer todas sus maravillas. Los que guardan estos tesoros y nos
los descubren de cuando en cuando no pertenecen a la naturaleza de Adán, esto lo volveré a
decir en mi último tratado.


Estas criaturas se reproducen dando a luz seres que se les parecen y no se asemejan a
nosotros. Son seres prudentes, ricos, sabios, humildes, a veces maniáticos, como nosotros.
Son la imagen grosera del hombre, como éste es la imagen grosera de Dios. Continúan
siendo tal como fueron concebidos por Dios, que no quiere que sus criaturas puedan elevarse
a un rango superior o proseguir otro objetivo que el que les es propio y les prohíbe obtener un
alma y prohíbe, igualmente, que el hombre trate de igualársele.

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